Friday, December 29, 2006

La primera ciudad

Santo Domingo, una de tantas ciudades que me pertenecen. Una de las que voy haciendo mía con el paladar y con la memoria. Mi ciudad natal es un set de muñecas rusas. Una viene dentro de otra y se van desarmando hasta quedar todo un catálogo de ciudades desplegadas sobre la orilla del mar mirando el horizonte, esperando un fenómeno anónimo e impredecible.

La Zona Colonial es esa ciudad dentro de la matriz que parece ciudad. Es la única de las ciudades santodomingueras que realmente refleja algún tipo de organización, de estructura, y donde el peatón pudiera sentirse, con el más mínimo nivel de imaginación, caminando por un callejón del viejo continente. La Zona es la benjamina de la trilogía caribena HABANA-CARTAGENA-SANTO DOMINGO. Si pudiéramos convencernos de mirar a través de un visor, seleccionando sólo los rincones y los grandes samanes, sólo la estatua de Colón y la catedral, sólo los balcones tallados de la calle El Conde, sólo los adoquines empolvados, sólo las cornizas largas y torpes, sólo las ruinas, las piedras, las sombrillas deambulantes, los arcos, las largas escaleras, las aceras altas y estrechas e incluso algún que otro perro silvestre, podríamos tener la ilusión de que hay otra isla dentro esta media isla dentro de la cual hay una gran ciudad que ya pasa del medio siglo: Una estación tragicómica.

Una de mis calles favoritas es la Hostos. Aunque alguien innombrable ha arrancado, por pudor o por capricho, la vida de sus noches, todavía me queda el sabor de caminar por la Hostos y por primera vez en el país, ir barhopping y entrar y salir y hacer de la noche una cadena de música, baile, alcohol y por supuesto, comida.

Todavía, cabeza dura al fin, me tiro en mi calle predilecta donde aun me queda un oasis: El Mesón de Bari. Yo creo que más que el establecimiento o cualquier posible rincón mágico de su arquitectura, la razón por la cual siento ese vínculo tan fuerte con el Mesón es una sola línea en su menú: “cangrejo guisado”. Lo juro, que nunca, nunca, nunca, ni aquí ni en China, un cangrejo de ningún tipo ha sido un plato tan sublime, tan noble y tan poderoso. Nunca ningún crustáceo ha tenido la fuerza para ser recordado como un totem de la cocina y todas las posibilidades que brinda una muelita de cangrejo. Yo sé que por lo menos Cuquito Moré comparte conmigo esta atracción crustácea.

Hay pocos lugares en el mundo donde me siento dentro de mi submarino privado. Donde puedo entrar lleno de complejidades y complicaciones y pasando justo por el marco de la puerta sentir de un tirón la paz y el sentimiento entranable de “todo va a estar bien”. Lo siento cada vez que entro a Virage, un dinner en la segunda avenida de Nueva York, cada vez que me siento en la mezanina de Café O’Reily en la Habana Vieja y por supuesto sentado justo en frente a un plato de cangrejo guisado (saludos a Bob Esponja y sus cangreburgers!) flanqueado de tostones, arroz blanco, un potecito de Tabasco y si todo me sale bien y el destino me sonríe, porqué no? un bloody Mary.

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